Sobre el poder y los cuidados

Los hombres han permitido a las mujeres abrirse camino en los espacios tradicionalmente ocupados y concebidos para ellos, no sin asegurar la adaptabilidad de las mujeres a tales contextos. Es decir, las mujeres han tenido que adaptarse de forma camaleónica y ocultar cuestiones propias de su rol de género forjado y aceptado socialmente para poder acceder a esos espacios que antes les eran vetados. La inclusión en espacios de tomas de decisiones por éstas no ha contribuido notablemente a generar cambios en la forma de ejercer el poder, en transformar las relaciones y roles de género, en el contexto de lo social/político.

 

En cuanto a la paternidad en concreto, es mucha la biografía que ilustra el papel que debe desempeñar de forma natural el hombre en el contexto familiar. Desde una perspectiva eminentemente freudiana, el hombre es la justicia, la ley… este axioma se repite en la mayoría de los textos que asocian la paternidad a los roles establecidos, asimilados y transmitidos de padres y madres a hijos.

 

Más allá de las consideraciones más conservadoras, justificadas en las teorías que dan a hombres y mujeres condicionantes genéticos que los llevan a la asunción de responsabilidades en el seno familiar, esto no puede conducirnos a afirmar que su papel en los cuidados viene determinado por su información desoxirribonucleica. Tal afirmación nos llevaría a subirnos a un árbol cada vez que intuimos un peligro acechándonos.

 

Muchas personas se basan en este tipo de determinismo de género para justificar la propensión a la promiscuidad de los hombres, por una búsqueda de la perpetuación de su estirpe, en definitiva la búsqueda de la cantidad, “cuantas más mejor”, mientras que a las mujeres las condena a una propensión a la monogamia, en la búsqueda de un progenitor elegido, en términos de calidadEstas afirmaciones, alojadas en ciertos casos en discursos progresistas, dilapidan toda opción de revisión de tales principios.

 

El sobredimensionamiento del rol sexual del hombre le convierte en un esclavo de sí mismo, obligado a responder a unos clichés estereotipados de ser sexualmente activo, con poder de elección y de sublimación de normas morales establecidas, como la fidelidad, y lo sitúa en un papel meteco emocional.

 

En conclusión, todos los roles asumidos y aceptados socialmente, como aquellos estudiados en los manuales de psicología evolutiva, son susceptibles de revisión desde una perspectiva deconstructora que permita al hombre asumir íntegramente el papel de cuidador, leal, fiel, atento, protector y responsable, sin que ello ponga en riesgo el desarrollo de sus hijos como individuos.