Masculinidades para la Igualdad

Hombre encerradoMODELO HEGEMÓNICO

La masculinidad hegemónica hace al masculino el género predominante en la condición humana.
Dentro de los «roles» característicos que se les asigna a la masculinidad hegemónica se encuentran: virilidad, caballerosidad, superioridad, fortaleza, temple, competición, entre otros. Esto lleva a una división social del trabajo desigual donde el varón tiene un lugar en el mundo asociada a la fuerza de trabajo y la mujer al de la reproducción.

«Además, como es el más fuerte, el más inteligente, el racional, “el hombre de la casa”, debe asumir como propias de su masculinidad una serie de tareas que lo hacen encarar obligaciones y funciones de manera aberrante (lo mismo que sucede en la mujer: como la lleva dentro por nueve meses, la parió y puede amamantarla, es la única capacitada y llamada al cuido de la prole). Así el hombre es el llamado al sostén y mantenimiento de la familia, a asumirse únicamente como proveedor de las cuestiones materiales de la familia (obviando nutrir con otros alimentos básicos de la convivencia humana), a no manifestar preocupaciones cuando la situación socioeconómica aprieta, etc.»

Si bien el patriarcado nos dio a los hombres el papel protagonista, el preponderante (mientras a la mujer le daba el de sumisión al hombre), implicaba, en esa división de papeles que ordenaba, una serie de graves pérdidas / carencias para el hombre:

Desarrollo limitado de nuestra afectividad y mundo emocional. (Esto provocaba dependencia emocional, soledad y sentimiento de inferioridad)

Limitada autonomía personal en los aspectos relacionados con el hogar y las necesidades más básicas de una persona: comida, vestido, mantenimiento del hogar, etc.

Esta nueva sociedad hace acuciante que los hombres rompamos con nuestro rol tradicional. Pero para ello, necesitamos:

  • Renunciar al poder y a nuestra posición de “superioridad” con respecto a la mujer.
  • Romper con el modelo de fortaleza y seguridad permanentes, aceptando la inseguridad, el miedo y la frustración como elementos que forman parte del devenir vital de todas las personas.
  • Aprender los conocimientos y habilidades necesarias para conseguir un desarrollo maduro de su mundo afectivo, emocional y relacional.
  • Descubrir la enorme importancia de la paternidad y la necesidad de implicarnos efectiva y afectivamente en la crianza de nuestros/as hijos/as. Implicarnos en su educación y transmitirles los nuevos valores de solidaridad, igualdad y respeto.
  • Adquirir una autonomía personal básica que nos libere de depender funcionalmente de otras personas.

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AFECTIVIDAD

Aforismo que justifica la ausencia de afectividad en los hombres: “Los hombres fingen amor para conseguir sexo y las mujeres fingen sexo para conseguir amor”. Los modelos ideales de esta separación son el amor maternal que se considera asexuado y el amor libre como expresión del sexo sin ataduras afectivas.

El uso de los conceptos de “sexo” y “sexualidad” como si se tratase de sinónimos sirve en muchas ocasiones de pretexto para justificar la pulsión copulatoria masculina, el recurso a las “necesidades fisiológicas” para justificar el uso de la prostitución, la percepción de las mujeres como objetos sexuales, el sexo por el sexo, el desprecio de la sentimentalidad y la valoración del pene-falo como el principal recurso sexual masculino y el representante de la virilidad.

De la misma forma, se afirma con rotundidad: “Siempre ha habido hombres y mujeres, es algo natural, viene en los genes”. Abordarlo como “lo natural” no sólo perjudica a las mujeres, sino que también la mayoría de los hombres resultamos perjudicados por un perfil genérico que nos impulsa a realizar conductas temerarias (la mayor parte de los muertos por accidentes de tráfico, laborales, por la práctica de deportes de alto riesgo, etc., son hombres), tóxicas (la mayor parte de los muertos por adicciones toxicológicas son hombres), violentas (la mayor parte de los muertos en las guerras y enfrentamientos violentos son hombres), delictivas (la mayor parte de los reclusos existentes en las prisiones son hombres), de sexualidad neurótica (la inmensa mayoría de los pederastas, exhibicionistas, violadores, sádicos, masoquistas, etc.,) son hombres.

Está más que demostrado científicamente que los géneros no se basan en la biología sino que son construcciones sociales y culturales. Lo que los genes portan y forman son machos y hembras para realizar la función reproductora y nada más. Hombres y mujeres en la sociedad actual que renuncian voluntariamente a reproducirse o que tienen uno o dos hijos, nunca actúan como machos y hembras o lo hacen en uno o dos momentos determinados para la reproducción. El resto de sus existencias no están regidas por el binomio biológico de macho-hembra, sino por su condición de personas iguales en derechos y diferentes como individuos en proceso de humanización.

 

Paternidades. La búsqueda de una afectividad más consciente y viva en los hombres lleva a relaciones diferentes a las mantenidas en el pasado, con las personas de nuestro entorno. Surgen nuevas paternidades.

Con la aparición de estos nuevos padres, la figura del padre ausente, que aparece de forma fugaz en la vida de sus hijos y que sólo se preocupa de la seguridad material, entra en crisis. Aparece una nueva conciencia paternal que se forma a partir de los recuerdos de la infancia y que se valoran o que se rechazan con respecto a una imagen paterna cercana y afectiva que se desea como modelo a seguir. Vamos configurando un nuevo modelo de padre que recupera la ternura y que permite compartir los sentimientos con los seres más cercanos.

Los hombres hemos asumido un mayor compromiso en las funciones de la paternidad, lo cual no sólo potencia las oportunidades de las mujeres en el campo laboral, sino que mejora las relaciones con nuestra pareja. Algunas características de paternidad afectiva son: Tiempo compartido, Comunicación, Cercanía, Respeto, Buen ejemplo, Capacidad de negociación, Corresponsabilidad.

 

Autocuidado. Muchas prácticas de autocuidado se consideran culturalmente “femeninas”. Las mujeres acuden más veces a las consultas médicas que los hombres, incluso descontando las visitas relacionadas con la atención a la salud reproductiva. Las investigaciones demuestran que las niñas son estimuladas a ser dependientes mientras que a los niños se les enseña a ser independientes y que estos reciben menos apoyo físico y emocional que aquellas. A menudo se disuade a los niños de buscar la ayuda de sus padres

Diversos estudios sobre la comunicación entre médico y paciente y observaron que las mujeres están mejor informadas sobre sus enfermedades que los hombres.

La construcción de la masculinidad no estimula, por lo general, las actitudes o conductas de autocuidado en los hombres. Por tanto, culturalmente suele ser la mujer quien se encarga, junto a los propios pacientes, del cuidado de los niños y los hombres enfermos. El mantenimiento de la salud de los hombres además de la suya propia puede suponer una carga injusta para las madres, esposas o compañeras.

 

TRABAJO DOMÉSTICO

El trabajo doméstico realizado dentro del propio hogar, sin remuneración, está asociado a una invisibilidad social de quien lo realiza (generalmente mujeres) y una división entre la esfera privada (lo doméstico) como lugar de las mujeres y la esfera pública como lugar de los hombres.

Ha habido muchos cambios de mentalidad, no obstante la presencia de las mujeres sigue muy ligada a la domesticidad al cuidado de la familia.

Las mujeres tienen cierta imposibilidad de escoger entre realizar o no un trabajo doméstico, dada la “naturalidad” e inevitabilidad del rol doméstico de la mujer. Esto dificulta la posibilidad del cuestionamiento de esta forma de división sexual del trabajo. Por designios naturales la mujer tiene que cumplir con un rol doméstico.

No obstante, se trata de una construcción cultural, con múltiples dinámicas de discriminación patriarcal: cumplir su ciclo de vida en función de lo familiar (la mujer se realiza casi por completo en el hecho de la maternidad), el trabajo doméstico es catalogado como trabajo secundario, sin remuneración (lo que crea dependencia económica y subordinación de quien lo ejerce).

Los hombres, al contrario de la opinión generalizada, no acompañamos masivamente en responsabilidad a las mujeres en las funciones de reproducción y del mantenimiento y cuidado de los miembros de la familia.

En estos momentos, el espacio privado, el que habita tras las puertas de nuestros hogares, sigue siendo, básicamente, un lugar de desigualdad. En el ámbito de lo doméstico y familiar, el avance de la igualdad parece que se encuentra con especiales dificultades.

Por cada hombre que se escabulle de su responsabilidad y no asume sus obligaciones, hay una mujer que se sobrecarga de su parte en las tareas

Chicos…

¡Es hora de conquistar el trabajo doméstico!

  • Por justicia (solidaridad, igualdad, responsabilidad social, coherencia personal y social…).
  • Por amor a las personas que tenemos más cercanas (nuestras parejas, madres, hijas, hermanas).
  • Por el ejemplo que damos a nuestros hijos/as
  • Por conquistar nuestra autonomía personal
  • Por mejorar las relaciones de pareja
  • Por mejorar nuestra autoestima. Nos reforzamos, aumentamos nuestra seguridad, nos sentimos más orgullosos de nosotros mismos.

Basta de rehuir nuestra responsabilidad, basta de asumir solo tareas, asumamos nuestra CORRESPONSABILIDAD en el hogar.