Aquí hay “sapo” encerrado…

Hace unos días tuvimos la suerte de compartir un taller con 15 hombres del Centro Penitenciario La Torrecica de Albacete, todos ellos con condenas por violencia de género. A la evidente resistencia mostrada por los participantes, muy similar a la expresada en mayor o menor grado por muchos hombres, se sumaba el hecho de que la motivación a participar en la actividad en la mayoría de los casos era por instrucción del educador/a. No obstante, una vez superada esa primera barrera pudimos compartir una bonita experiencia, honesta y transformadora.

En un contexto donde la masculinidad debe estar siempre presente, de forma exagerada, los hombres se ven en muchos casos obligados a mantener permanentemente una pose con la que no se sienten necesariamente identificados. Deben representar un papel de super machos, siempre alerta, siempre en tensión, ya que el débil es a menudo sometido por el fuerte.

Algunos de los participantes expresaron la sensación de tener que identificarse o representar roles que en algunos casos no asumían en el exterior; otros los tenían tan profundamente interiorizados después de toda una vida de socialización de género que les resultaba difícil identificarlos en sí. En todo caso había algo que la mayoría compartía, la sensación de que ciertos roles y marcas de género marcadamente machistas habían traído consecuencias negativas en algunos momentos de su vida.

Casi todos asumían el hecho que les ha traído a la cárcel, pero casi ninguno se sentía culpable de ello. La culpa, en muchos casos era de la justicia, que según ellos “favorece a las mujeres frente a los hombres, y les persigue”. También culpan a sus parejas por ser las “responsables de llevarlos a estados de agresividad que no podían controlar”, o a una sociedad que “se mete donde no le llaman cuando penaliza hechos” que según ellos “deben mantenerse en la intimidad del hogar”.

Más allá de fomentar un sentimiento más igualitario (un poco difícil dado el colectivo del que se trataba), el reto compartido fue tratar de transitar un camino de autopercepción, de identificación de sentimientos y emociones que en muchos casos no se permiten (nos permitimos) tener, o bien consideran que no se pueden manifestar en un entorno tan heteropatriarcal como la cárcel. Tratamos de vivenciar aquellas emociones que a veces evitamos, contenemos o exageramos por el hecho de ser hombres, algunas de ellas tan básicas que son compartidas con el resto de los mamíferos, como el afecto, la alegría, el miedo, la tristeza o la ira.

El comentario más compartido era “aquí, sí te muestras débil te comen”. Lo más difícil fue romper esa pose que cada uno traía, y la actitud frente al conflicto de poca implicación emocional. Pero el juego, esa mágica llave hacia nuestro niño interior, nos permitió acercarnos y conectar emocionalmente, al menos lo suficiente como para poder indagar en nuestros propios “sapos”.

Nos planteamos avanzar del rencor y el reproche hacia una comunicación más empática y compasiva, tanto hacia nosotros mismos como hacia las personas que nos rodean, nuestras parejas, nuestros amigos, etc. Practicamos algunas herramientas de la llamada comunicación no violenta (CNV, de Marsall Rossenberg). Cada uno extrajo sus propias respuestas y conclusiones.

En una pedagogía de las preguntas a cada participante le corresponde encontrar sus propias respuestas. Esta actividad pretende contribuir a que los hombres, en este caso los participantes del taller, vivencien la discapacidad emocional ocasionada por una socialización de género profundamente machista y puedan descubrir en sí la fuerza necesaria para hacer su propia revolución interior.